miércoles, 8 de mayo de 2024

En presencia de Schopenhauer y la misantropía

Escribe Houellebecq en su ensayo breve "En presencia de Schopenhauer" que este y más tarde Auguste Comte fueron los dos filósofos que más lo impactaron: un amargado y un loco, como él mismo dice. 

   Es una grata coincidencia: ambos me causaron un impacto semejante. Con Schopenhauer nos acercamos a un amigo irresistiblemente cenizo, un amigo al que no podemos darle la espalda mientras bajamos por las escaleras, pero un amigo que ensancha el espíritu y lo eleva ante nuevos y más sombríos paisajes —lo sombrío es sinónimo de hondura—. La metafísica del alemán es quizá la elaboración filosófica más aguda de los últimos siglos, y aunque en sí misma su habilidad como razonador filosófico sea mediocre, su gran estilo como prosista salva cualquier desavenencia con su discurrir. En Comte se dan problemas de índole parecida, pero lejos de menguar la calidad de su pensamiento, no hacen más que abrir grietas más precisas: su lucidez está a la altura de su egocentrismo, de su manía, de su absurdo y febril optimismo. Comte debió dedicarse tal vez a las matemáticas: las cuentas le salen siempre. No importa que sus lectores sepamos que dos más dos no dan cincuenta, como suele darle a él; ese magnífico número cincuenta necesitaba ser ideado y, una vez ideado, hay que limitarse a contemplarlo con admiración: qué importa si el cincuenta cae como un meteorito del cielo y nos aplasta a todos.

    Schopenhauer razonó la negación del yo, la compasión y la contemplación como únicas vías de resistencia ante la Voluntad. Comte creía que una sociología positivista podría hacer predicciones científicas para el ordenamiento civil y terminó sus días divulgando una extraña religión de la humanidad. Entre los dos tal vez no haya mayor parecido que la calidad de sus excesos. Houellebecq elige a Comte y se define como un "positivista" con entusiasmo desengañado. Yo no puedo elegir a Schopenhauer, porque su misantropía es mucho más profunda que la mía: en realidad me fascina el género humano, el espectáculo de sus dolores, de sus perversiones, de sus idioteces; supongo que yo sería algo así como un pesimista morbosamente contemplativo, pero no puedo ser un simple misántropo. Cito para acabar a un cantautor, Pablo und Destruktion:


"Y yo os voy a ser sincero

A mí me gusta la gente

Con sus odios, con sus miedos

Con su lengua de serpiente

A mí me gusta la gente

Y solo tengo un deseo

Que no sean peor que los malos

Los que nos creemos buenos" 


Aunque yo tengo un deseo más puro y trascendental: que el espectáculo de la degradación humana alcance el infinito y lo sobrepase. 

Dejo aquí un fragmento de ese mismo ensayo:

«Mi segunda conmoción filosófica fue el descubrimiento de Auguste Comte, diez años más tarde, que me llevó en una dirección radicalmente opuesta; es difícil imaginar dos mentes más distintas. Si Comte hubiera conocido a Schopenhauer, es probable que solo hubiera visto en él a un metafísico, un representante del pasado (estimable sin duda, en la estela del “metafísico más importante”, léase Kant; pero a fin de cuentas un representante del pasado). Si Schopenhauer hubiera conocido a Comte, es probable que no se hubiera tomado muy en serio sus especulaciones. Entre paréntesis, los dos hombres eran contemporáneos (1788-1860 en el caso de Schopenhauer, 1798-1860 en el de Comte); a menudo siento la tentación de concluir que, en el plano intelectual, no ha ocurrido nada desde 1860. Y, por supuesto, es un fastidio vivir en una época de mediocres; sobre todo cuando uno se siente incapaz de elevar el nivel. Sin duda no produciré ninguna idea filosófica nueva; creo que, a mi edad, ya hubiera dado alguna señal de ello: pero estoy bastante seguro de que produciría mejores novelas si el pensamiento, a mí alrededor, fuese un poco más rico.

    Entre Schopenhauer y Comte, al final me acabé decantando, y progresivamente, con un entusiasmo desengañado, me he vuelto positivista; al mismo tiempo, pues, he dejado de ser schopenhaueriano. A pesar de ello, releo poco a Comte y nunca con un placer simple, inmediato, más bien con ese placer algo perverso (y violento, una vez se le toma el gusto) que a menudo se siente con las rarezas estilísticas de los lunáticos, mientras que, a mi entender, no hay ningún filósofo cuya lectura sea tan inmediatamente agradable y reconfortante como la de Arthur Schopenhauer».


miércoles, 1 de mayo de 2024

A Dios no le salió bien la luz. Lo saben todos los depresivos del mundo cada vez que abren los ojos por la mañana. Quizá esta luz tan poco lustrosa sea su único error, pero es un gran único error: el error origen de todo lo demás. Dios no debió crear la luz, debió haberse conformado con adornar un poco las tinieblas. Pero para un artista, conformarse es lo más difícil de todo.


«1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

3 Y dijo Dios: Sea este collar de conchas para las tinieblas; y fue el collar de conchas. 4. Y vio Dios que las tinieblas quedaron adornadas...». El génesis corregido.

martes, 9 de abril de 2024

LA PIEDRA H (o la exigencia de una originalidad continuada)

Levantó el cavernícola una enorme piedra sobre su cabeza, la agitó en el aire, como en un viacrucis anacrónico mediante el cual paseara por los cielos un objeto de muerte y redención, y golpeó en la frente a un cavernícola anónimo que acababa de invadir el territorio de su tribu, en compañía de otra tribu de cavernícolas anónimos. El golpe tumbó al invasor de inmediato, acostándolo en su pobre lecho de muerte, unas hierbas cenicientas teñidas de sangre.

Pero cuando el resto de los cavernícolas, cavernícolas de su tribu y de la tribu de asaltantes, comenzaron también a golpearse con piedras los unos a los otros, aquel pionero de las armas quedó espantado, y sintió, entre el miedo y el envanecimiento, la exigencia de una originalidad continuada.

Otro cavernícola más osado, sin embargo, le adelantó en aquella carrera mortífera, y en lugar de golpearle con la piedra, se la lanzó. Y como nuestro cavernícola pionero murió y aquél cavernícola, homicida del primero, sobrevivió, fue éste el que saboreó las mieles de la gloria, procreando con las mujeres más bonitas del grupo recién dominado y alcanzado el liderazgo dentro de su propia tribu. Liderazgo que apenas duraría un par de semanas, pues otro cavernícola aún más osado había comenzado ya a afilar las piedras antes de lanzarlas…


viernes, 15 de marzo de 2024

Un cadáver

 ¿Qué le diría yo a mi cadáver, si un día me lo encontrase por la calle, esperando ambos a que un semáforo se ponga en verde? 

—Cadáver querido, cadáver querido… —le diría, dándole unas sensibleras caricias en la mejilla con el dorso de la mano—, llévame contigo allá donde tú vayas, pues estaré mejor contigo de lo que nunca lo estaré conmigo: tú y sólo tú eres mi único redentor, sólo ante ti me arrodillo y suplico...

A lo que mi cadáver, cruzando la calle apresurado y apenas sin prestarme atención, respondería:

—Disculpe, no entiendo la confusión: el cadáver siempre fue usted.

jueves, 7 de marzo de 2024

 Las religiones, como los sistemas filosóficos, necesitan de la invocación de variopintos conceptos auxiliares que las salven de la crítica y las mantengan vigentes. Pero ni siquiera los seres humanos nos podemos sostener sin conceptos auxiliares: sin ellos nos convertiríamos en polvo, en oquedades, nos esfumaríamos con el menor soplido del viento...

Los conceptos auxiliares son nuestro armazón, nuestro esqueleto, un principio de razón suficiente: nuestra gravedad y nuestra gracia.

jueves, 22 de febrero de 2024

Mainländer

—Dedícate a la metafísica —le sugirió a Philipp Mainländer su madre en el lecho de muerte, con el único afán de socorrer su alma, dispersa en la más feroz y negra de las depresiones—, eso por lo menos te distraerá de tus malas pulsiones y quizá encuentres un alivio en la plena dedicación filosófica. Yo me iré pronto, y necesito saber que tú estarás bien, dedicado a santos y elevados pensamientos.

Su padre quería que fuera comerciante.

lunes, 19 de febrero de 2024

El morbo de la araña

Contempló la perfecta telaraña, su maravillosa artesanía: los hilos, finísimos pero resistentes, como cuerdas tensadas de un instrumento indescifrable, parecían tejidos con cuarzo puro. Luego observó, en un rincón apartado de su obra, a la enorme y negra araña, dilatando incansable los dominios de su cárcel. A través de los hilos, la araña se deslizaba en inconsciente danza, como si navegase por la luz reflejada en el bellísimo tejido. 

Algo mínimo, sin embargo, una insignificante vibración  en sus redes, alarmó a la araña, que abandonó sus quehaceres de artista para girarse hacia el hombre que la observaba. Sus múltiples ojos, oscuros pero con una extraña aureola pálida alrededor, lo reflejaron un segundo, bebiéndose con la mirada la fuente misteriosa de su ser y fragmentándolo en infinitas sombras. El hombre, que hacía tan solo unos pocos segundos meditaba ajeno sobre la telaraña, se supo de pronto convertido en una eterna presa: la araña, golosa, corrió hacia la primera de sus infinitas sombras y le vomitó un amargo ácido encima, disolviéndola en una pasta amarilla.

El corazón del hombre dudó un instante, pero en seguida aceptó la condena como la forma más sutil de la huida. Sombra a sombra, fragmento tras fragmento y misterio tras misterio, la araña se pasaría la eternidad alimentándose de la más perfecta de las presas, sorprendida por la maravillosa fuente inagotable de placeres que había encontrado: los tendones, grasientos y reblandecidos, le parecían un regalo de los dioses dentro de su boca. 


lunes, 29 de enero de 2024

Al suicidario le preocupa, sobre todo, la negación del deleite de su muerte. El suicidario acepta la muerte: le importa un pimiento si se ahorca, mete la cabeza en el horno, se arroja a las vías del tren, se pega un tiro entre ceja y ceja o se atiborra a una combinación mortífera de fármacos hipnóticos, anestésicos y bloqueantes neuromusculares —cada suicidario contempla su muerte con un goce estético que difiere según los gustos particulares, hay quien encuentra, por ejemplo, como profundamente antiestético el suicidio por sofocación con bolsa tras la administración de algún sedante, a pesar de su enorme seguridad si el protocolo es el adecuado—. Lo que el suicidario no tolera es la imposibilidad de contemplar su muerte como si de una obra de teatro se tratara, donde el escenario representa su velatorio, su ausencia (autoconsciente, ya sea espectral o trascendentalmente) es el protagonista y todos sus allegados esos inútiles secundarios a los que un guionista incompetente ha sido incapaz de escribirles unas pocas buenas líneas de guion. —Cuando Sócrates afirma que la filosofía es una preparación para la muerte no quiere decir que la filosofía se pueda reducir a la auto-ayuda, como vulgarmente se afirma, sino que el filósofo se ejercita en una purificación del alma intelectiva despojada del cuerpo: temer  a la muerte es absurdo porque el filósofo no encontrará el obstáculo de los objetos sensibles una vez retorne a las Ideas. Sin embargo, el mundo de las Ideas es fácilmente refutado al contacto con cualquiera de estos secundarios del montón, pues ideas, lo que se dice ideas, se nota que no ha tenido contacto con ninguna: no es que hayan las olvidado, es que son seres negados para el pensar y representarse las formas más puras. Tal preparación para la muerte debería consistir en que cada cual se piense bien lo que va a decir en el velatorio de un tercero: yo incluiría un examen para poder abrir la boca en los velatorios cuya pregunta sea una sola: ¿SÍ O NO? Cuidado con lo que respondes–.

    Una vez presencié un velatorio, por desgracia no el mío como ánima eterna sino el de mi padre, y recuerdo que mi tío, pudiendo escoger el silencio, prefirió decir una de esas malas y estúpidas líneas de guion para secundarios deficientes cuya gracia estribaría, si acaso estribase en alguna parte, únicamente en la repetición del estribillo. No obstante lo dijo una sola vez, con la voz grave y, lo que es de auténtico delito, tras haberlo querido pensar durante unos minutos:

     —Ya sabéis que somos como velitas que un día el tiempo sopla, se apagan y entonces nos vamos a otra parte…

    Ay, si por lo menos hubiera dicho que somos un incendio, que la muerte de mi padre iba a provocar la caída del sol sobre la tierra o la implosión hermosa de los astros en el cielo… ¡Menuda ciénaga de idioteces!

    No, si alguna vez decido acabar con mi vida, aniquilar mi consciencia, detener mi pulso, extinguir la respiración, borrar como decía Borges tan poéticamente «la suma intolerable del universo», voy a asegurarme de que mi tío ni nadie que no apruebe ese examen (que yo mismo dedicaré los últimos años de mi vida a elaborar) aparezca por mi funeral. ¿Tendré que estrangular a mi tío antes de suicidarme, con lo cual la causa de este pueda conducir a engaño,  es decir, que los investigadores y nuestros mutuos allegados crean que me di muerte para evitar la pena por homicidio, que lo asesiné por motivo de alguna vieja rencilla, y no para regalarle al resto de mis allegados un velatorio íntegro, honesto, digno?

    Es un precio que estoy dispuesto a pagar. Tal vez deba, por ambiciosa seguridad, borrar primero esa suma intolerable del universo antes de darme muerte (hay un árbol negrísimo y muy alto a las afueras de mi pueblo, al que se llega por un sendero embarrado en otoño, helado en invierno, infectado de plagas en primavera y achicharrado en verano, que me parece perfecto para amanecer colgado en cualquiera de las cuatro estaciones); pero no encuentro la manera de hacerlo: la técnica no ha evolucionado lo suficiente como para entregarle, igualitariamente, a cada hombre una bomba letal con la que mandar al vertedero este planeta lleno de cerebros y de estiércol. ¿Y la eutanasia consentida? El progreso moral es pura filfa, y jamás se evitará el nacimiento de los nuevos seres gimientes.

    Además, si no es mi tío el cacareador será mi prima, mi hermano, un amigo desconsiderado o alguna vecina dicharachera que, a fin de consolar bobamente a mi pobre madre, le espete un:

    —Su muerte nos ha pillado totalmente desprevenidos: yo estaba cociendo unos huevos para el potaje cuando me enteré. Ninguno sabíamos que su hijo sufriera tanto. Lo tenía todo en la vida. Con lo joven que era. ¿Qué le ha pasado? No sabíamos que tuviera depresión. Siempre me sujetaba la puerta del portal cuando me veía con el carro de la compra. Hasta se ofrecía a subírmela él mismo a mi casa si me percibía agotada. ¿Acaso pretendía ahorcarse en mi propia casa, mientras yo colocaba los yogures en la nevera? No puedo dejar de pensar en eso: cada vez que alguien entra a mi casa le obligo a permanecer a mi lado todo el tiempo, porque ya no sé si se va a ahorcar o no. La muerte de su hijo nos ha traumatizado a todos.

    A lo que mi madre, hallándose en ese momento mínimamente inspirada (lo que seamos francos, no es probable que suceda), habría de responder:

    —Nació con el cordón umbilical anudado al cuello. Al principio temimos por su vida y creímos que fue un accidente, pero cuando la matrona trato de desatárselo, él lucho contra ella para ganarse con la victoria el favor de una muerte precoz por asfixia. Al sentirse así arrebatado de su dulce condena, teniéndolo yo sobre mi regazo, todavía parecía como si quisiera estrangularse con sus propias manos. Luego supimos que era la luz blanca del paritorio: siempre fue fotosensible. La culpa de todo la tiene el sol. Si hoy no fuera un día de lluvia, sino un día soleado, yo me desmoronaría: gracias a mi hijo comprendo la maldad del sol.

    Uno nunca conoce a las personas hasta que no le cuentan algunas de estas falsas historias macabras, aunque de un encanto indudable: a raíz de esta anécdota, que yo mismo fabulé por primera vez a los doce años, comprendí el origen de mis migrañas: el maldito sol y la antiquísima frustración de no haber muerto a los tres segundos de nacer.

    Pensándolo bien, a propósito de aquel deleite auto-contemplativo, siempre será mucho mejor una muerte lentísima por alguna gravísima y feroz enfermedad que el típico suicidio, ya que la visión de la muerte dura apenas unos segundos, mientras que si estiras lo suficiente una enfermedad puedes pasarte media vida persiguiéndote la muerte. Perseguir la muerte es absurdo. Recordemos el cuento de La muerte en Samarra: en un descuido, la muerte nos alcanza, y es humano huir aterrorizado. Creo que cuanto más cerca nos encontramos de la muerte más lejos estamos asimismo de aceptarla. Es esta, y ninguna otra, la moraleja del cuento. Si el hombre de Samarra hubiera visto a la muerte por videoconferencia, seguro que le habría exigido sus favores en lugar de huir espantado como un conejo ante la presencia del zorro…


lunes, 22 de enero de 2024

47 puñaladas

Fueron cuarenta y siete puñaladas las que le asestó en el cráneo, con un cuchillo de cocina que había estado afilando durante varias noches, mientras todos dormían. El cuchillo se le había resbalado por culpa de la sangre excesivamente fluida de la cabeza de su víctima, causándole unas heridas extraordinarias en la mano, al punto que cuando por fin se agotó de apuñalarle la cabeza a su padre dio un respingo fatigado hacia atrás y observó que su mano ya no le pertenecía. Contempló primero el aberrante muñón, agitó el brazo como si fuera una sucia tela sanguinolenta que un soldado enloquecido usara para rendirse ante el enemigo y seguidamente condujo la mirada hacia su mano: continuaba apuñalando a su padre incesante y febrilmente, como una máquina capaz de odiar. La sangre salpicaba ya muy viscosa, y entonces la mano, como si comprendiera de pronto su inútil empecinamiento, que la repetición había trocado en manía, en absurdo estribillo, se giró y le devolvió a su antiguo dueño algo parecido a una mirada. La mano sostenía aún el cuchillo, cuyo radiante filo apuntaba ahora hacia la siguiente cabeza y parecía proclamar, con prepotencia, su inagotable perfección.

 

 

miércoles, 27 de septiembre de 2023

MUERTE DE DIÓGENES

A Diógenes de Sinope, el filósofo apodado ‘el perro’ por sus hábitos impúdicos e incivilizados, le visitó un día el gran emperador macedonio Alejandro Magno, según cuenta el otro Diógenes famoso, el historiador de Laerte, ciudad de Cilicia, en su obra doxográfica “Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres”. Alejandro, el célebre y admirado conquistador, le tomó por un simple charlatán mientras Diógenes tomaba el sol en Corinto, tras haber dado una conferencia. Queriendo Alejandro dárselas de humilde ante su escolta, pero habiendo escuchado rumores acerca de aquel excéntrico vagabundo y su filosofía del desprendimiento, le dijo a Diógenes que podía pedirle lo que quisiera, pues él era el Gran Alejandro Magno, Rey de los macedonios y próximo Emperador del Mundo, y no había nada que no pudiera concederle.

Diógenes, sin embargo, quedó molesto porque Alejandro, plantado frente a él, le estuviera quitando el sol y arrojando su sombra contra su carne, así que le respondió lo siguiente: “Quiero que me respondas lo siguiente: ¿serías capaz de distinguir los huesos de tu padre de los de cualquier esclavo?”. El séquito de Alejandro enmudeció tembloroso y empalidecido, desenfundó sus espadas y amenazó a Diógenes de muerte, pero Alejandro, que había sido alumno de Aristóteles y conocía de la frivolidad retórica de los filósofos, de su gusto por las verdades rimbombantes y las sentencias dolorosas, les ordenó calmarse y guardar sus espadas para otra ocasión. Fue así que le prometió a Diógenes lo siguiente: “un día he de morir, como murió mi padre y como tú mismo morirás, pero tarde o temprano he de renacer y, cuando lo haga, no conquistaré ciudades, sino almas”. 

Dicen que Diógenes, por primera vez en su vida, sintió pavor ante un ser humano, de modo que para quitárselo de encima le pidió que le devolviera la sombra que le había despojado. Alejandro, complacido y ante el asombro de sus hombres, que no entendían por qué consentía que un vagabundo le hablara de aquel modo, subió a su caballo, que como todo el mundo sabe se llamaba Bucéfalo, y marchó junto a su ejército a la conquista de otra ciudad. Mientras marchaban, Diógenes pensó de aquel hombre que seguramente tenía en mente algo muy superior a ser filósofo. 

Unos pocos años después, cuando Alejandro había conquistado ya la mitad del mundo, Diógenes murió ajusticiado por falsificar monedas, artesanía aprendida de su padre y que había perfeccionado al punto que sus monedas falsas valían más que las originales: influenciado por la amenaza que le hubiera hecho el macedonio años atrás, trató de hacer trascender la moneda en algo superior, aunque le decepcionó comprobar que su utilidad seguía siendo la misma: comprar y vender hombres. ¿Podía reducirse el valor de las almas a eso mismo?

Su condena por falsificar monedas consistió en comerse un pulpo vivo, condena que él mismo exigió como pena capital para burlar a sus opresores con una última boutade y que, naturalmente, le causó la muerte al remover el pulpo con sus tentáculos todos los órganos internos del perro. Su agonía duró seis días, seis días de ladridos furiosos y desencantados, descansando al séptimo, y lamentando simplemente que el pulpo le sobreviviera, pues se había tomado aquella condena como una pelea a muerte entre el pulpo y el perro. Cuando al fin murió, unos médicos abrieron su cadáver, sacaron al pulpo aún vivo de sus tripas y lo echaron de regreso al mar, donde cabe imaginar que predicó sus experiencias en las tripas de un pordiosero a lo largo y ancho del mediterráneo, ante el asombro del resto de la vida marina.