miércoles, 8 de abril de 2026

Encuentros con el suicidio (El aciago Demiurgo, de Cioran)

Esperar la muerte es sufrirla, degradarla al rango de un proceso, resignarse a un desenlace del que se ignora la fecha, el modo y el decorado. Se está lejos del acto absoluto. No hay nada de común entre la obsesión del suicidio y el sentimiento de la muerte —entiendo por esto ese sentimiento profundo, constante, de un fin en sí, de una fatalidad de perecer como tal, inseparable de un trasfondo cósmico e independiente de ese drama del yo que está en el centro de toda forma de autodestrucción—. La muerte no es necesariamente sentida como liberación; el suicidio libera siempre; es el súmmum, es el paroxismo de la salvación.

Se debería por decencia elegir uno mismo el momento de desaparecer. Es envilecedor extinguirse como se extingue uno; es intolerable verse expuesto a un fin sobre el que nada se puede, que te acecha, te abate, te precipita en lo innombrable. Quizá llegue el momento en que la muerte natural esté totalmente desacreditada, en el que se enriquecerán los catecismos con una fórmula nueva: «Dispénsanos, Señor, el favor y la fuerza de acabar, la gracia de borrarnos del tiempo».

La conspiración milenaria contra el suicidio es causa del abarrotamiento y de la esclerosis de las sociedades. Nos toca aprender a destruirnos en el momento oportuno, a correr alegremente hacia nuestro espectro. En tanto que no nos decidamos a ello, mereceremos nuestras humillaciones. Cuando uno ha agotado su razón de ser, es odioso obstinarse. Pero es la indignidad de la muerte natural lo que vemos, se mire a donde se mire.

«Volviendo a encontrar, tras varios años, a una persona a la que se conoció de niño, la primera mirada hace casi siempre suponer que alguna gran desdicha ha debido aquejarle», (Leopardi). Durar es disminuirse: la existencia es pérdida de ser. Puesto que nadie desaparece cuando sería preciso, se debería amonestar a quien se sobrevive, animarle y, si fuera necesario, ayudarle a acortar sus días. A partir de un momento dado, perseverar es consentir decaer. Pero ¿cómo estar cierto de su declinar? ¿Acaso no puede uno equivocarse respecto a los síntomas? ¿Acaso la conciencia de decaer no implica una superioridad sobre la decadencia? Y, en este caso, ¿aún se está decaído? ¿Cómo, una vez más, saber que uno ha comenzado a derrumbarse, cómo determinar ese momento? El error es inevitable, pero poco importa, puesto que, de todas maneras nunca se muere a tiempo. Se va a la deriva y sólo cuando uno se hunde se confiesa residuo desechable. Y entonces ya es demasiado tarde para naufragar de propio grado.

lunes, 23 de marzo de 2026

 Será el autodesprecio, que ahora padezco sombríamente, como una criatura patética nacida para la exageración, pero me parece que ya solo me queda lamentar —como habría hecho un San Sebastián aún más melodramático— la rácana escasez de flechas y la pobre finitud de los arqueros: deseo un borrado integral de mi imagen bajo la densidad absoluta del ataque.

    Devenido en icono irreconocible, me fundiría en la lluvia hiriente de flechas que me atraviesan, hasta lograr una inversión de la meteorología y ser transformado en una nube de sangre: sin nombre, sin rostro, sin carne —ser solo la huella apoteósica de una entrega absoluta a la disolución: ¿cuánta impostura puesta al servicio de una estética mortífera cabe en el secreto de un dolorcillo, de cualquier dolorcillo, casi tan sobredimensionado como superfluo?—.

    De mí no quedaría más que la saturación abstracta del impacto y, cuando mis fieles —iconoclastas indecisos— quisieran rescatar mi cuerpo de su ruina, no podrían más que espantar esas últimas migajas del ser, como los jirones sanguinolentos de un nirvana dispersándose, roto, borroso e insano.

domingo, 22 de marzo de 2026

El mundo será lo que los estúpidos quieran que sea.  Son mayoría, están más convencidos y su incapacidad para reflexionar los empuja siempre hacia adelante. Algún día encontrarán el último muro, contra el que se reventarán la cabeza; pero cuando eso ocurra ya estaréis todos envueltos en papel de regalo para ser entregados de regreso a la tierra.

La masa de paralíticos mentales siempre tiene razón: los estúpidos sufren menos —o miran menos su sufrimiento, lo que equivale a una forma estéril de trascendencia—, transforman el mundo y rebajan el contexto al nivel de su propia inmundicia.

No hay absolutamente nada que hacer. Es inútil cualquier esfuerzo. Siempre vencen. Y vencerán. La victoria es su único poder, su mayor consuelo. El que no sea estúpido, que vaya amaestrando sus lágrimas, o aprenda la indiferencia sobre este mundo. Aunque eso, como todo, también sea inútil, pero al menos será una inutilidad análoga, paralela al fondo cósmico que nos amortaja.

martes, 10 de marzo de 2026

Soy estúpido y quimérico, pero nunca he abandonado nada.

En una de sus cartas desde la cárcel, fechada el 13 de agosto de 1946, el escritor francés Louis-Ferdinand Céline le dice a su esposa Lucette lo siguiente:

«Lo mejor sería que te mudaras con el gato y fueses a vivir sola, pero bajo su protección, ¡atención! Eres un pequeño genio de la danza. Nadie te llega a la altura del betún y, naturalmente, ¡te envidian por eso, pobre tesoro mío! Yo te quiero más que nada en el mundo. Nunca se me ha ocurrido la idea de ponerte en paralelo con ninguna otra persona. Tu carta me extraña. ¿Es que no me conoces? Ese tipo de capricho ni siquiera se me ocurre. Tú estás hecha para cerrarme los ojos, es el destino y se acabó… no se hable más. Pero tienes que mudarte. Ahora me doy cuenta. La combinación es imposible. Pero no deben separarte de ningún modo de Bébert. Prefiero la muerte —cien veces— a esa última ruina, a la ruptura de esa última fidelidad. Jamás. No le sobreviviría yo. Si te quitan Bébert, pido en el acto mi repatriación a Charbonnière. Soy estúpido y quimérico, pero nunca he abandonado nada. Ni a un amigo, ni a una mujer, ni a un enfermo, ni un animal. Prefiero morir».

lunes, 2 de marzo de 2026

Parábola, diálogo, inciso, digresión de la Nada

El más perfecto y maligno homicida, de entre todos los perfectos y malignos homicidas que en el mundo han existido, nunca asesinó a nadie. Sin embargo, fundó una religión que negaba la idea de persona, es decir, su doctrina teológica implicaba que el hombre no era más que una insignificante representación de la Nada, y como insignificante representación de la Nada, carecía de realidad auténtica, de esencia y de presencia; pura fantasmagoría, el hombre preexistiría en su desfiguración. 

     «(…) es tan solo el truco vacío de un prestidigitador que finge que existe cuando, como todo el mundo podrá admitir en seguida, no existe en absoluto: es el reflejo que finge que aquello reflejado no es él mismo fingiéndose una existencia más allá de su actuación. ¿Y cómo podría la Nada representar al hombre, si es precisamente la Nada? ¡Ilusos, ilusos y mil veces ilusos!», respondía él, muy acalorado, pues siempre le hacían las mismas preguntas y, harto de responderlas —su vicio era responder—, se desgañitaba contra todo aquel que pudiera oírle. Y continuaba: «si algo puede representar es la Nada. ¿Qué mejor que la Nada para representar? Como no hay Nada, la representación es perfecta y la Nada adopta la forma concreta de lo representado: lo representado, al ser representado por la Nada y no por algo que no es él mismo, se vuelve Nada sin dejar de ser, aparentemente, lo que es. El mejor truco del Diablo, escribió algún literato, es fingir que no existe. ¿Y qué hace la Nada mejor que cualquier otra cosa, sino fingir que no existe, siendo probablemente lo único real, lo único ontológicamente necesario y, diría aún más, notoriamente eficaz? De la Nada no puede surgir nada, dicen los curas y los timoratos. ¡Al infierno con ellos! ¿De qué va a surgir cualquier cosa si no es de la Nada? ¡Ineptos! ¡Es que la Nada es solo simulación de movimiento! Si algo surge, es porque antes no era nada, por lo tanto, todo surge de la Nada: nadas concretas, nadas difusas, nadas esenciales. ¿Acaso os creéis que no hay un ejército de Nadas allí afuera, como seminaristas lujuriosos, esperando que una Luz Celestial los envista con su claridad y les conceda dignísima preexistencia? 

    »No habéis entendido la Nada. Incluso Dios, al que concederemos su prestigio de creador, debió surgir de la Nada. La idea de un Dios que existe desde siempre es una idea más absurda que aquella que pretende suplantar: la idea de un Dios que surgió, como todo, de la Nada, pero la hizo su maestra y le robó su sabiduría. ¿Decimos que la Nada siempre existió? ¡Qué chifladura! La Nada no existe, es simplemente Nada, y sólo aparece en las representaciones que genera. Como verán, la exposición tiene toda lógica, y cualquiera que quiera ponerle un pero a la doctrina antes debería negar la idea de la Nada. Nadie, sin embargo, tan tonto y tan osado como para pretender tal cosa. Se puede negar a Dios, la moral, la materia, todo, absolutamente todo, todo menos la Nada, única verdad autoevidente… Solamente el ser es, y lo que no es, no es. ¡Tremenda basura pedagógica! ¡Puro binarismo cuantificable! ¿Cómo podría legislar el Ser sus excepciones? Sólo la Nada, que no es Nada sino infinita y vacua representación de sí misma, tiene permiso para operaciones de índole pre-metafísica».

     Un dato acerca de su biografía, que al más perfecto y maligno de los homicidas le encantaba narrar para ofrecerle un contexto humano a sus hipótesis: él mismo amamantó a la Nada. Al nacer, le gustaba decir, fue expulsado de la Nada, pero su misma expulsión fue el escenario recreativo que la Nada había escogido para expresarse por ese fetichismo filosófico que algunos conocen como principio de individuación, sin embargo, para truncar estos esfuerzos de ese gran dramaturgo hipócrita que es la Nada, comenzó a amamantarla. A la Nada no le gusta que la amamanten: si la Nada tuviera alguna idea, esa sería la idea fuerte de su destete: la Nada se cree totalmente destetada, cualidad que jamás reconoce en nadie más. Si cada cual es nada más y nada menos que una representación en sí y para sí, por decirlo en términos idealistas, ¿con qué derecho habría de superar lo representado la etapa de la lactancia? Lo representado se amamanta a sí mismo, sin duda, pero como lo representado es Nada y para colmo es representado por la Nada, entonces es como decir, más económicamente, que la Nada nos amamanta aunque no tenga mamas, ni leche materna ni cualquier cosa que se le parezca: por no tener la Nada no tiene ni bebés que amamantar… ¡En fin! Quizá el problema más difícil de superar del apofatismo de nuestro más perfecto y maligno homicida sea precisamente su necesaria derivación absoluta a la digresión. En cuanto uno comienza a cavilar, a buscar regularidades entre la Nada, en seguida se pierde y comienza a dar vueltas en círculos. ¡Pero no son círculos normales! Puesto que sus pies trazan un círculo mientras su cabeza una elipsis… 

    Para terminar, porque habrá que terminar, es decir, que ponerle fin a esta perpetua circularidad de la retórica negativa, habrá que recordar simplemente la parábola del sembrador. Supongamos que la Nada, un día, se pone a sembrar… ¿Cómo podría la Nada cosechar cualquier cosa que no fuera ya ella misma, es decir, Nada?

sábado, 12 de abril de 2025

En términos morales solo hay dos opciones serias: el quietismo o la fe. La segunda tiene la aparente ventaja de ser movimiento. ¿Pero hacia qué? Hacia el descubrimiento, tal vez, de que Dios es un quietista convencidísimo.

martes, 8 de abril de 2025

La fobia al spolier es el síntoma más evidente de la superficialidad de los productos culturales del momento, cuyo fin es solo el entretenimiento de las masas. En la buena literatura no hay spolier: Don Quijote muere entristecido luego de recuperar su cordura, Ana Karenina se suicida arrojándose a las vías del tren, Raskolnikov le entrega su amor a una prostituta y se redime, a Gregor Samsa lo mata su padre tirándole una manzana en el caparazón… —Qué gran final el de La metamorfosis, por cierto. Creo que todos estamos en ese mismo estado de degradación, a punto de sucumbir: nuestra herida ya está infectada. Es solo cuestión de tiempo que le hagamos a nuestros seres queridos el favor de morirnos.

miércoles, 8 de mayo de 2024

En presencia de Schopenhauer y la misantropía

Escribe Houellebecq en su ensayo breve "En presencia de Schopenhauer" que este y más tarde Auguste Comte fueron los dos filósofos que más lo impactaron: un amargado y un loco, como él mismo dice. 

   Es una grata coincidencia: ambos me causaron un impacto semejante. Con Schopenhauer nos acercamos a un amigo irresistiblemente cenizo, un amigo al que no podemos darle la espalda mientras bajamos por las escaleras, pero un amigo que ensancha el espíritu y lo eleva ante nuevos y más sombríos paisajes —lo sombrío es sinónimo de hondura—. La metafísica del alemán es quizá la elaboración filosófica más aguda de los últimos siglos, y aunque en sí misma su habilidad como razonador filosófico sea mediocre, su gran estilo como prosista salva cualquier desavenencia con su discurrir. En Comte se dan problemas de índole parecida, pero lejos de menguar la calidad de su pensamiento, no hacen más que abrir grietas más precisas: su lucidez está a la altura de su egocentrismo, de su manía, de su absurdo y febril optimismo. Comte debió dedicarse tal vez a las matemáticas: las cuentas le salen siempre. No importa que sus lectores sepamos que dos más dos no dan cincuenta, como suele darle a él; ese magnífico número cincuenta necesitaba ser ideado y, una vez ideado, hay que limitarse a contemplarlo con admiración: qué importa si el cincuenta cae como un meteorito del cielo y nos aplasta a todos.

    Schopenhauer razonó la negación del yo, la compasión y la contemplación como únicas vías de resistencia ante la Voluntad. Comte creía que una sociología positivista podría hacer predicciones científicas para el ordenamiento civil y terminó sus días divulgando una extraña religión de la humanidad. Entre los dos tal vez no haya mayor parecido que la calidad de sus excesos. Houellebecq elige a Comte y se define como un "positivista" con entusiasmo desengañado. Yo no puedo elegir a Schopenhauer, porque su misantropía es mucho más profunda que la mía: en realidad me fascina el género humano, el espectáculo de sus dolores, de sus perversiones, de sus idioteces; supongo que yo sería algo así como un pesimista morbosamente contemplativo, pero no puedo ser un simple misántropo. Cito para acabar a un cantautor, Pablo und Destruktion:


"Y yo os voy a ser sincero

A mí me gusta la gente

Con sus odios, con sus miedos

Con su lengua de serpiente

A mí me gusta la gente

Y solo tengo un deseo

Que no sean peor que los malos

Los que nos creemos buenos" 


Aunque yo tengo un deseo más puro y trascendental: que el espectáculo de la degradación humana alcance el infinito y lo sobrepase. 

Dejo aquí un fragmento de ese mismo ensayo:

«Mi segunda conmoción filosófica fue el descubrimiento de Auguste Comte, diez años más tarde, que me llevó en una dirección radicalmente opuesta; es difícil imaginar dos mentes más distintas. Si Comte hubiera conocido a Schopenhauer, es probable que solo hubiera visto en él a un metafísico, un representante del pasado (estimable sin duda, en la estela del “metafísico más importante”, léase Kant; pero a fin de cuentas un representante del pasado). Si Schopenhauer hubiera conocido a Comte, es probable que no se hubiera tomado muy en serio sus especulaciones. Entre paréntesis, los dos hombres eran contemporáneos (1788-1860 en el caso de Schopenhauer, 1798-1860 en el de Comte); a menudo siento la tentación de concluir que, en el plano intelectual, no ha ocurrido nada desde 1860. Y, por supuesto, es un fastidio vivir en una época de mediocres; sobre todo cuando uno se siente incapaz de elevar el nivel. Sin duda no produciré ninguna idea filosófica nueva; creo que, a mi edad, ya hubiera dado alguna señal de ello: pero estoy bastante seguro de que produciría mejores novelas si el pensamiento, a mí alrededor, fuese un poco más rico.

    Entre Schopenhauer y Comte, al final me acabé decantando, y progresivamente, con un entusiasmo desengañado, me he vuelto positivista; al mismo tiempo, pues, he dejado de ser schopenhaueriano. A pesar de ello, releo poco a Comte y nunca con un placer simple, inmediato, más bien con ese placer algo perverso (y violento, una vez se le toma el gusto) que a menudo se siente con las rarezas estilísticas de los lunáticos, mientras que, a mi entender, no hay ningún filósofo cuya lectura sea tan inmediatamente agradable y reconfortante como la de Arthur Schopenhauer».


viernes, 15 de marzo de 2024

Un cadáver

 ¿Qué le diría yo a mi cadáver, si un día me lo encontrase por la calle, esperando ambos a que un semáforo se ponga en verde? 

—Cadáver querido, cadáver querido… —le diría, dándole unas sensibleras caricias en la mejilla con el dorso de la mano—, llévame contigo allá donde tú vayas, pues estaré mejor contigo de lo que nunca lo estaré conmigo: tú y sólo tú eres mi único redentor, sólo ante ti me arrodillo y suplico...

A lo que mi cadáver, cruzando la calle apresurado y apenas sin prestarme atención, respondería:

—Disculpe, no entiendo la confusión: el cadáver siempre fue usted.

lunes, 29 de enero de 2024

Al suicidario le preocupa, sobre todo, la negación del deleite de su muerte. El suicidario acepta la muerte: le importa un pimiento si se ahorca, mete la cabeza en el horno, se arroja a las vías del tren, se pega un tiro entre ceja y ceja o se atiborra a una combinación mortífera de fármacos hipnóticos, anestésicos y bloqueantes neuromusculares —cada suicidario contempla su muerte con un goce estético que difiere según los gustos particulares, hay quien encuentra, por ejemplo, como profundamente antiestético el suicidio por sofocación con bolsa tras la administración de algún sedante, a pesar de su enorme seguridad si el protocolo es el adecuado—. Lo que el suicidario no tolera es la imposibilidad de contemplar su muerte como si de una obra de teatro se tratara, donde el escenario representa su velatorio, su ausencia (autoconsciente, ya sea espectral o trascendentalmente) es el protagonista y todos sus allegados esos inútiles secundarios a los que un guionista incompetente ha sido incapaz de escribirles unas pocas buenas líneas de guion. —Cuando Sócrates afirma que la filosofía es una preparación para la muerte no quiere decir que la filosofía se pueda reducir a la auto-ayuda, como vulgarmente se afirma, sino que el filósofo se ejercita en una purificación del alma intelectiva despojada del cuerpo: temer  a la muerte es absurdo porque el filósofo no encontrará el obstáculo de los objetos sensibles una vez retorne a las Ideas. Sin embargo, el mundo de las Ideas es fácilmente refutado al contacto con cualquiera de estos secundarios del montón, pues ideas, lo que se dice ideas, se nota que no ha tenido contacto con ninguna: no es que hayan las olvidado, es que son seres negados para el pensar y representarse las formas más puras. Tal preparación para la muerte debería consistir en que cada cual se piense bien lo que va a decir en el velatorio de un tercero: yo incluiría un examen para poder abrir la boca en los velatorios cuya pregunta sea una sola: ¿SÍ O NO? Cuidado con lo que respondes–.

    Una vez presencié un velatorio, por desgracia no el mío como ánima eterna sino el de mi padre, y recuerdo que mi tío, pudiendo escoger el silencio, prefirió decir una de esas malas y estúpidas líneas de guion para secundarios deficientes cuya gracia estribaría, si acaso estribase en alguna parte, únicamente en la repetición del estribillo. No obstante lo dijo una sola vez, con la voz grave y, lo que es de auténtico delito, tras haberlo querido pensar durante unos minutos:

     —Ya sabéis que somos como velitas que un día el tiempo sopla, se apagan y entonces nos vamos a otra parte…

    Ay, si por lo menos hubiera dicho que somos un incendio, que la muerte de mi padre iba a provocar la caída del sol sobre la tierra o la implosión hermosa de los astros en el cielo… ¡Menuda ciénaga de idioteces!

    No, si alguna vez decido acabar con mi vida, aniquilar mi consciencia, detener mi pulso, extinguir la respiración, borrar como decía Borges tan poéticamente «la suma intolerable del universo», voy a asegurarme de que mi tío ni nadie que no apruebe ese examen (que yo mismo dedicaré los últimos años de mi vida a elaborar) aparezca por mi funeral. ¿Tendré que estrangular a mi tío antes de suicidarme, con lo cual la causa de este pueda conducir a engaño,  es decir, que los investigadores y nuestros mutuos allegados crean que me di muerte para evitar la pena por homicidio, que lo asesiné por motivo de alguna vieja rencilla, y no para regalarle al resto de mis allegados un velatorio íntegro, honesto, digno?

    Es un precio que estoy dispuesto a pagar. Tal vez deba, por ambiciosa seguridad, borrar primero esa suma intolerable del universo antes de darme muerte (hay un árbol negrísimo y muy alto a las afueras de mi pueblo, al que se llega por un sendero embarrado en otoño, helado en invierno, infectado de plagas en primavera y achicharrado en verano, que me parece perfecto para amanecer colgado en cualquiera de las cuatro estaciones); pero no encuentro la manera de hacerlo: la técnica no ha evolucionado lo suficiente como para entregarle, igualitariamente, a cada hombre una bomba letal con la que mandar al vertedero este planeta lleno de cerebros y de estiércol. ¿Y la eutanasia consentida? El progreso moral es pura filfa, y jamás se evitará el nacimiento de los nuevos seres gimientes.

    Además, si no es mi tío el cacareador será mi prima, mi hermano, un amigo desconsiderado o alguna vecina dicharachera que, a fin de consolar bobamente a mi pobre madre, le espete un:

    —Su muerte nos ha pillado totalmente desprevenidos: yo estaba cociendo unos huevos para el potaje cuando me enteré. Ninguno sabíamos que su hijo sufriera tanto. Lo tenía todo en la vida. Con lo joven que era. ¿Qué le ha pasado? No sabíamos que tuviera depresión. Siempre me sujetaba la puerta del portal cuando me veía con el carro de la compra. Hasta se ofrecía a subírmela él mismo a mi casa si me percibía agotada. ¿Acaso pretendía ahorcarse en mi propia casa, mientras yo colocaba los yogures en la nevera? No puedo dejar de pensar en eso: cada vez que alguien entra a mi casa le obligo a permanecer a mi lado todo el tiempo, porque ya no sé si se va a ahorcar o no. La muerte de su hijo nos ha traumatizado a todos.

    A lo que mi madre, hallándose en ese momento mínimamente inspirada (lo que seamos francos, no es probable que suceda), habría de responder:

    —Nació con el cordón umbilical anudado al cuello. Al principio temimos por su vida y creímos que fue un accidente, pero cuando la matrona trato de desatárselo, él lucho contra ella para ganarse con la victoria el favor de una muerte precoz por asfixia. Al sentirse así arrebatado de su dulce condena, teniéndolo yo sobre mi regazo, todavía parecía como si quisiera estrangularse con sus propias manos. Luego supimos que era la luz blanca del paritorio: siempre fue fotosensible. La culpa de todo la tiene el sol. Si hoy no fuera un día de lluvia, sino un día soleado, yo me desmoronaría: gracias a mi hijo comprendo la maldad del sol.

    Uno nunca conoce a las personas hasta que no le cuentan algunas de estas falsas historias macabras, aunque de un encanto indudable: a raíz de esta anécdota, que yo mismo fabulé por primera vez a los doce años, comprendí el origen de mis migrañas: el maldito sol y la antiquísima frustración de no haber muerto a los tres segundos de nacer.

    Pensándolo bien, a propósito de aquel deleite auto-contemplativo, siempre será mucho mejor una muerte lentísima por alguna gravísima y feroz enfermedad que el típico suicidio, ya que la visión de la muerte dura apenas unos segundos, mientras que si estiras lo suficiente una enfermedad puedes pasarte media vida persiguiéndote la muerte. Perseguir la muerte es absurdo. Recordemos el cuento de La muerte en Samarra: en un descuido, la muerte nos alcanza, y es humano huir aterrorizado. Creo que cuanto más cerca nos encontramos de la muerte más lejos estamos asimismo de aceptarla. Es esta, y ninguna otra, la moraleja del cuento. Si el hombre de Samarra hubiera visto a la muerte por videoconferencia, seguro que le habría exigido sus favores en lugar de huir espantado como un conejo ante la presencia del zorro…