lunes, 2 de marzo de 2026

Parábola, diálogo, inciso, digresión de la Nada

El más perfecto y maligno homicida, de entre todos los perfectos y malignos homicidas que en el mundo han existido, nunca asesinó a nadie. Sin embargo, fundó una religión que negaba la idea de persona, es decir, su doctrina teológica implicaba que el hombre no era más que una insignificante representación de la Nada, y como insignificante representación de la Nada, carecía de realidad auténtica, de esencia y de presencia; pura fantasmagoría, el hombre preexistiría en su desfiguración. 

     «(…) es tan solo el truco vacío de un prestidigitador que finge que existe cuando, como todo el mundo podrá admitir en seguida, no existe en absoluto: es el reflejo que finge que aquello reflejado no es él mismo fingiéndose una existencia más allá de su actuación. ¿Y cómo podría la Nada representar al hombre, si es precisamente la Nada? ¡Ilusos, ilusos y mil veces ilusos!», respondía él, muy acalorado, pues siempre le hacían las mismas preguntas y, harto de responderlas —su vicio era responder—, se desgañitaba contra todo aquel que pudiera oírle. Y continuaba: «si algo puede representar es la Nada. ¿Qué mejor que la Nada para representar? Como no hay Nada, la representación es perfecta y la Nada adopta la forma concreta de lo representado: lo representado, al ser representado por la Nada y no por algo que no es él mismo, se vuelve Nada sin dejar de ser, aparentemente, lo que es. El mejor truco del Diablo, escribió algún literato, es fingir que no existe. ¿Y qué hace la Nada mejor que cualquier otra cosa, sino fingir que no existe, siendo probablemente lo único real, lo único ontológicamente necesario y, diría aún más, notoriamente eficaz? De la Nada no puede surgir nada, dicen los curas y los timoratos. ¡Al infierno con ellos! ¿De qué va a surgir cualquier cosa si no es de la Nada? ¡Ineptos! ¡Es que la Nada es solo simulación de movimiento! Si algo surge, es porque antes no era nada, por lo tanto, todo surge de la Nada: nadas concretas, nadas difusas, nadas esenciales. ¿Acaso os creéis que no hay un ejército de Nadas allí afuera, como seminaristas lujuriosos, esperando que una Luz Celestial los envista con su claridad y les conceda dignísima preexistencia? 

    »No habéis entendido la Nada. Incluso Dios, al que concederemos su prestigio de creador, debió surgir de la Nada. La idea de un Dios que existe desde siempre es una idea más absurda que aquella que pretende suplantar: la idea de un Dios que surgió, como todo, de la Nada, pero la hizo su maestra y le robó su sabiduría. ¿Decimos que la Nada siempre existió? ¡Qué chifladura! La Nada no existe, es simplemente Nada, y sólo aparece en las representaciones que genera. Como verán, la exposición tiene toda lógica, y cualquiera que quiera ponerle un pero a la doctrina antes debería negar la idea de la Nada. Nadie, sin embargo, tan tonto y tan osado como para pretender tal cosa. Se puede negar a Dios, la moral, la materia, todo, absolutamente todo, todo menos la Nada, única verdad autoevidente… Solamente el ser es, y lo que no es, no es. ¡Tremenda basura pedagógica! ¡Puro binarismo cuantificable! ¿Cómo podría legislar el Ser sus excepciones? Sólo la Nada, que no es Nada sino infinita y vacua representación de sí misma, tiene permiso para operaciones de índole pre-metafísica».

     Un dato acerca de su biografía, que al más perfecto y maligno de los homicidas le encantaba narrar para ofrecerle un contexto humano a sus hipótesis: él mismo amamantó a la Nada. Al nacer, le gustaba decir, fue expulsado de la Nada, pero su misma expulsión fue el escenario recreativo que la Nada había escogido para expresarse por ese fetichismo filosófico que algunos conocen como principio de individuación, sin embargo, para truncar estos esfuerzos de ese gran dramaturgo hipócrita que es la Nada, comenzó a amamantarla. A la Nada no le gusta que la amamanten: si la Nada tuviera alguna idea, esa sería la idea fuerte de su destete: la Nada se cree totalmente destetada, cualidad que jamás reconoce en nadie más. Si cada cual es nada más y nada menos que una representación en sí y para sí, por decirlo en términos idealistas, ¿con qué derecho habría de superar lo representado la etapa de la lactancia? Lo representado se amamanta a sí mismo, sin duda, pero como lo representado es Nada y para colmo es representado por la Nada, entonces es como decir, más económicamente, que la Nada nos amamanta aunque no tenga mamas, ni leche materna ni cualquier cosa que se le parezca: por no tener la Nada no tiene ni bebés que amamantar… ¡En fin! Quizá el problema más difícil de superar del apofatismo de nuestro más perfecto y maligno homicida sea precisamente su necesaria derivación absoluta a la digresión. En cuanto uno comienza a cavilar, a buscar regularidades entre la Nada, en seguida se pierde y comienza a dar vueltas en círculos. ¡Pero no son círculos normales! Puesto que sus pies trazan un círculo mientras su cabeza una elipsis… 

    Para terminar, porque habrá que terminar, es decir, que ponerle fin a esta perpetua circularidad de la retórica negativa, habrá que recordar simplemente la parábola del sembrador. Supongamos que la Nada, un día, se pone a sembrar… ¿Cómo podría la Nada cosechar cualquier cosa que no fuera ya ella misma, es decir, Nada?

viernes, 7 de noviembre de 2025

No se equivocaba el pensador suizo Hermann Burger con su jocoso comentario de que cada suicida se encuentra en el estado de lo sucedido en Stalingrado. Pero el suicidio también es comparable a un alzamiento militar donde: «vuelan por los aires todas las soluciones y todos los problemas».

                A fuerza de transgredir todas las determinaciones de la vida —sus dogmas, esquemas, inercias, imperativos orgánicos— podemos alcanzar un orden invertido donde el caos se vuelve «anatema».

                Al igual que ocurre con los alzamientos militares, espumarajos de violencia so pretexto de un orden imposible, lo seductor del suicidio representa lo ancestral de su barbarie.

                El suicidio no transfigura el ser por el no ser —movimiento imposible—. ¿Y qué redención se conquista con la muerte? Ninguna. Pero el sufrimiento posee infinitas dimensiones, cada una de las cuales se nos revela como un trastorno de lucidez insobornable. ¿Deshacerse, sucumbir, doblegarse? No hay redención, solo descomposición del principio de lo vital. Cruel, pero luminosa descomposición. Escribe Burger en su Tractatus Logico-Suicidalis:

"382 Los dolores representan el color en el cuadro abstracto de una enfermedad psíquica. No debería extrañarnos que un terapeuta nos diga: "Es usted demasiado multicolor para mí".

383 En relación con la muerte, la enfermedad es un parvulario de la estética».

jueves, 2 de octubre de 2025

Debí haber prometido —hace ya mucho tiempo: no lo recuerdo— retirar el último velo. ¿Tan joven era? ¿O tan decrépito? ¿Es la inmundicia excusa de lo momentáneo? ¿Es lo momentáneo una quiebra en la eternidad? Quise ser el monstruo que desnudase el azar en su prestigio. O el sentido en su insolubilidad. 

Somos el alimento preferido de Algo.

Pronto comprendí, a mi pesar —pues todo lo que vivo es a mi pesar—, que el último velo es idéntico al primero, que las cosas no se esconden: están vacías. 

(Poco a poco el velo iba reconstituyéndose, retornando a su falso orden anterior, como el silencio en el fondo de un clarinete o una corneta, agazapado y enseñándole los colmillos a tu aliento, impotente pero redundante: incapaz de sucumbir a lo obtuso de tu letargo).

Tus llantos, tus amores, tus sublimes y encantadores paroxismos… Todo se dará de bruces contra el vacío —anulador—. ¿Y a quién culparás cuando tampoco tus injurias e imprecaciones puedan caer ya hacia ningún lado, en apariencia eternamente erguidas, pero apenas enquistadas en la ingravidez?  

La fragilidad del signo es intocable. 


sábado, 12 de abril de 2025

En términos morales solo hay dos opciones serias: el quietismo o la fe. La segunda tiene la aparente ventaja de ser movimiento. ¿Pero hacia qué? Hacia el descubrimiento, tal vez, de que Dios es un quietista convencidísimo.

martes, 8 de abril de 2025

La fobia al spolier es el síntoma más evidente de la superficialidad de los productos culturales del momento, cuyo fin es solo el entretenimiento de las masas. En la buena literatura no hay spolier: Don Quijote muere entristecido luego de recuperar su cordura, Ana Karenina se suicida arrojándose a las vías del tren, Raskolnikov le entrega su amor a una prostituta y se redime, a Gregor Samsa lo mata su padre tirándole una manzana en el caparazón… —Qué gran final el de La metamorfosis, por cierto. Creo que todos estamos en ese mismo estado de degradación, a punto de sucumbir: nuestra herida ya está infectada. Es solo cuestión de tiempo que le hagamos a nuestros seres queridos el favor de morirnos.

sábado, 29 de marzo de 2025

Veo a la luz poco pulida. ¿Cómo un Dios todopoderoso y omnisciente podría ser tan mediocre creador? La luz tiene muchos problemas estéticos, aunque quizá el más importante de sus problemas sea de tipo práctico: no te puedes refugiar en la luz durante un bombardeo nuclear.

jueves, 1 de agosto de 2024

Poema zen revisitado

La distancia que media entre el cielo y el infierno, dice un antiguo poema zen, es muy sutil, y sólo los separa un pelo. Del cielo, dice este mismo poema, se puede escapar trepando por ese pelo, y del infierno también se puede escapar trepando por el mismo pelo.

                Hay que tener cuidado, sin embargo, con los seres que corretean por el cielo, porque son muy curiosos, y si encuentran ese pelo tratarán de descender a la tierra por mero afán de aventuras; también con las criaturas que moran en el infierno hay que tener cuidado: son muy codiciosas, y querrán subir al cielo para hurtar todos sus tesoros.

                Los pelos son muy frágiles y se quiebran con facilidad, solo soportan un descendimiento o un ascenso a la vez. ¡Pero los seres del cielo son tan impacientes! ¡Y las criaturas del infierno tan ansiosas! Tu mayor dificultad consistirá en subir y bajar sin que nadie se entere. Recuerda: tampoco te  lleves nada contigo, ni del cielo ni del infierno, pues cualquier peso extraño a tu cuerpo romperá el pelo y quedarás para siempre atrapado en ese espacio horrible que separa el cielo del infierno: tú mismo.

                El poema acaba cuando su autor nos recuerda las tres normas básicas: cuidarse de los seres del cielo, cuidarse de las criaturas del infierno, cuidarse de uno mismo. Si consigues esconderte de los seres del cielo, de las criaturas del infierno y de ti mismo, podrás subir y bajar entre el cielo y el infierno sin problemas. Un error común es, no obstante, pensar que para defendernos de los seres del cielo, de las criaturas del infierno y de nosotros mismos debemos hacer tres cosas diferentes, pero no es cierto, y para vivir en paz y armonía una sola cosa debemos hacer: olvidar que existe ese pelo, pues la sabiduría es ignorancia.


miércoles, 8 de mayo de 2024

En presencia de Schopenhauer y la misantropía

Escribe Houellebecq en su ensayo breve "En presencia de Schopenhauer" que este y más tarde Auguste Comte fueron los dos filósofos que más lo impactaron: un amargado y un loco, como él mismo dice. 

   Es una grata coincidencia: ambos me causaron un impacto semejante. Con Schopenhauer nos acercamos a un amigo irresistiblemente cenizo, un amigo al que no podemos darle la espalda mientras bajamos por las escaleras, pero un amigo que ensancha el espíritu y lo eleva ante nuevos y más sombríos paisajes —lo sombrío es sinónimo de hondura—. La metafísica del alemán es quizá la elaboración filosófica más aguda de los últimos siglos, y aunque en sí misma su habilidad como razonador filosófico sea mediocre, su gran estilo como prosista salva cualquier desavenencia con su discurrir. En Comte se dan problemas de índole parecida, pero lejos de menguar la calidad de su pensamiento, no hacen más que abrir grietas más precisas: su lucidez está a la altura de su egocentrismo, de su manía, de su absurdo y febril optimismo. Comte debió dedicarse tal vez a las matemáticas: las cuentas le salen siempre. No importa que sus lectores sepamos que dos más dos no dan cincuenta, como suele darle a él; ese magnífico número cincuenta necesitaba ser ideado y, una vez ideado, hay que limitarse a contemplarlo con admiración: qué importa si el cincuenta cae como un meteorito del cielo y nos aplasta a todos.

    Schopenhauer razonó la negación del yo, la compasión y la contemplación como únicas vías de resistencia ante la Voluntad. Comte creía que una sociología positivista podría hacer predicciones científicas para el ordenamiento civil y terminó sus días divulgando una extraña religión de la humanidad. Entre los dos tal vez no haya mayor parecido que la calidad de sus excesos. Houellebecq elige a Comte y se define como un "positivista" con entusiasmo desengañado. Yo no puedo elegir a Schopenhauer, porque su misantropía es mucho más profunda que la mía: en realidad me fascina el género humano, el espectáculo de sus dolores, de sus perversiones, de sus idioteces; supongo que yo sería algo así como un pesimista morbosamente contemplativo, pero no puedo ser un simple misántropo. Cito para acabar a un cantautor, Pablo und Destruktion:


"Y yo os voy a ser sincero

A mí me gusta la gente

Con sus odios, con sus miedos

Con su lengua de serpiente

A mí me gusta la gente

Y solo tengo un deseo

Que no sean peor que los malos

Los que nos creemos buenos" 


Aunque yo tengo un deseo más puro y trascendental: que el espectáculo de la degradación humana alcance el infinito y lo sobrepase. 

Dejo aquí un fragmento de ese mismo ensayo:

«Mi segunda conmoción filosófica fue el descubrimiento de Auguste Comte, diez años más tarde, que me llevó en una dirección radicalmente opuesta; es difícil imaginar dos mentes más distintas. Si Comte hubiera conocido a Schopenhauer, es probable que solo hubiera visto en él a un metafísico, un representante del pasado (estimable sin duda, en la estela del “metafísico más importante”, léase Kant; pero a fin de cuentas un representante del pasado). Si Schopenhauer hubiera conocido a Comte, es probable que no se hubiera tomado muy en serio sus especulaciones. Entre paréntesis, los dos hombres eran contemporáneos (1788-1860 en el caso de Schopenhauer, 1798-1860 en el de Comte); a menudo siento la tentación de concluir que, en el plano intelectual, no ha ocurrido nada desde 1860. Y, por supuesto, es un fastidio vivir en una época de mediocres; sobre todo cuando uno se siente incapaz de elevar el nivel. Sin duda no produciré ninguna idea filosófica nueva; creo que, a mi edad, ya hubiera dado alguna señal de ello: pero estoy bastante seguro de que produciría mejores novelas si el pensamiento, a mí alrededor, fuese un poco más rico.

    Entre Schopenhauer y Comte, al final me acabé decantando, y progresivamente, con un entusiasmo desengañado, me he vuelto positivista; al mismo tiempo, pues, he dejado de ser schopenhaueriano. A pesar de ello, releo poco a Comte y nunca con un placer simple, inmediato, más bien con ese placer algo perverso (y violento, una vez se le toma el gusto) que a menudo se siente con las rarezas estilísticas de los lunáticos, mientras que, a mi entender, no hay ningún filósofo cuya lectura sea tan inmediatamente agradable y reconfortante como la de Arthur Schopenhauer».


miércoles, 1 de mayo de 2024

A Dios no le salió bien la Luz. Lo saben todos los depresivos del mundo cada vez que abren los ojos por la mañana. Quizá esta Luz tan poco lustrosa sea su único error, pero es un gran único error: el error originario, pionero, fundador. Dios no debió haber creado la Luz, debió haberse conformado con adornar un poco las Tinieblas. Pero los artistas no saben conformarse, nadie les enseña la santidad o el martirio, la quietud del alma sapiente. Los artistas solo saben deteriorar y corromper. El Génesis corregido quedaría de esta forma: «1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra. 2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las Tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. 3 Y dijo Dios: Sea este collar de conchas para las Tinieblas; y fue el collar de conchas.

4. Y vio Dios que las Tinieblas quedaron adornadas...».


viernes, 15 de marzo de 2024

Un cadáver

 ¿Qué le diría yo a mi cadáver, si un día me lo encontrase por la calle, esperando ambos a que un semáforo se ponga en verde? 

—Cadáver querido, cadáver querido… —le diría, dándole unas sensibleras caricias en la mejilla con el dorso de la mano—, llévame contigo allá donde tú vayas, pues estaré mejor contigo de lo que nunca lo estaré conmigo: tú y sólo tú eres mi único redentor, sólo ante ti me arrodillo y suplico...

A lo que mi cadáver, cruzando la calle apresurado y apenas sin prestarme atención, respondería:

—Disculpe, no entiendo la confusión: el cadáver siempre fue usted.