La tierra no se protege: la tierra se viola: proteger la tierra es no respetarla como digno contrincante: ¿y qué es la tierra, sino nuestro oponente, nuestro enemigo, nuestro adversario? Y nuestro autoritario aniquilador: pensar que podemos ganarle la batalla a la tierra es creer en un poder superior a la naturaleza, y que ese poder es el hombre. ¿Y qué dignidad puede tener el suelo que pisoteamos? Tanta como el sujeto pisoteador: ninguna. Me repugna quienes cuidan el mundo: ¿para qué? ¿y para quiénes? Nuestros descendientes, en tanto nos sobreviven, sólo merecen nuestro desprecio: el deseo de acabar con la prole leprosa del hombre es el único sentimiento puro que respeto. No, no somos frutos del mundo: un todo-uno, sino hijos desterrados de la muerte que miran el futuro con recelo y el pasado con rencor (porque la nada no tiene tiempo: y aunque nos regurgite, la añoramos porque es lo único que sabemos y que podemos hacer: añorar el tiempo en que no añorábamos nada. ¡Ojalá no se pudiera decir la nada! Se puede decir la palabra, pero no pensar la nada: no existe nada más lejano a los hombres que la nada, y sin embargo, nada que los obsesione tanto como ésta).
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