lunes, 12 de junio de 2023

Aunque las cloacas nos parezcan a los hombres lugares indeseables para vivir, lo cierto es que hay multitud de vida que prolifera, orgullosamente agradecida, en las cloacas. Un ejemplo de esto son las ratas.

Las ratas no creen que las cloacas sean lugares indeseables para vivir. A las ratas les encanta vivir en las cloacas. Son felices nadando en la abundancia de infección. No es sólo que estén obligadas a vivir en las cloacas para sobrevivir, como si algún designio natural las hubiera obligado a resignarse con los secretos recovecos de la mugre: creo sinceramente que las ratas son felices procreando, multiplicándose entre nuestros desperdicios, que el libre albedrío existe para todos los seres por igual y que las ratas escogieron la insalubridad. Una rata no cambiaría su cloaca por ninguna de las siete maravillas del mundo.  

¿Pero por qué a las ratas les gusta tanto vivir en las cloacas? Quizá la suciedad, la infección, los espantosos olores y el angosto y laberíntico espacio sea para las ratas lo que para nosotros la limpieza, lo aséptico, la comodidad, el silencio y la ilusión de un propósito en la vida. 

Es cierto que a menudo las ratas salen de sus cloacas para buscar comida, robarnos basura o contagiarle la rabia a un caniche. Aparentemente, las ratas también hacen cosas que no tienen sentido. Se han contado muchas historias de ratas que incluso secuestran bebés, para Dios sabe qué fines pérfidos o instructivos. Si Rómulo y Remo, criados por lobos, fundaron Roma, no se me ocurre nada que unos bebés criados por ratas no puedan fundar. ¿Serán Abel y Caín esos bebes, fundadores del valle de lágrimas?

En cualquier caso, también los hombres escapan de sus ciudades y trepan montañas, o se hacen a la mar en un crucero para visitar las islas griegas y luego, quince días más tarde y saciados de oleaje y gaviotas, mareados pero sumidos en la fornicación trivial, regresan a sus hogares para continuar con su aburrimiento mortal cotidiano. Por no decir que la adopción de una mascota equivale prácticamente a un secuestro. Y hasta en términos del contagio, también nosotros les contagiamos a nuestras mascotas una amplia variedad de neurosis y desidias. 

No somos tan distintos a las ratas. Las supersticiones fundamentales de una rata son las mismas que las de los hombres. Sólo cambian las distancias. Tanto para los hombres como para las ratas la diferencia entre hombre y basura, entre rata y basura, parece estar clara y resultar una verdad autoevidente como que dos más dos son cuatro, pero mientras que las ratas conviven con la basura sin marginarla, nuestra superstición alcanza cotas de inmoralidad, porque nos marginamos nosotros de la basura: las ratas desplazan la basura hacia dentro, se revuelcan gozosamente en ella, y nosotros desplazamos la basura hacia afuera, para ahogarnos en su abundancia irreparable. Le echamos la basura a otros seres, incluso a otros grupos humanos, de tal manera que la enajenación consiste en esa irresponsabilidad que el hombre desapegado del resultado de su vida padece. Las ratas, al contrario, no son seres enajenados: han conseguido que exista un equilibrio perfecto entre desecho y alimentación, entre desperdicio y vida, o entre desecho y creación. 

La altura intelectual del hombre se refiere, tal vez, a su enorme enajenación, pues cuanto más elevada es una criatura más distancia se genera entre su alimentación y su desperdicio. Así pues, más que supremacista la inteligencia del hombre es colmadora. Fuera de sí mismo, el hombre todo lo colma de basura.





martes, 23 de mayo de 2023

«Exigir la inmortalidad de la individualidad significa propiamente querer perpetuar un error hasta el infinito. Pues en el fondo cada individualidad no es más que un error especial, un paso en falso, algo que sería mejor que no fuese, e incluso liberarnos de eso constituye el verdadero fin de la vida. Esto se confirma también porque la mayoría, en realidad todos los hombres, son de tal condición que no podrían ser felices en ningún mundo en el que se les pudiera colocar. En efecto, en la medida en que escapasen de la necesidad y la fatiga caerían en el aburrimiento; y en la medida en que este se previniera, caerían en la necesidad, la pena y el sufrimiento. Así que para que el hombre alcanzara un estado feliz no bastaría con que se le pusiera en un «mundo mejor» sino que también sería necesario que sufriera una transformación radical, es decir, que dejara de ser lo que es y, por el contrario, fuera lo que no es. Pero para eso, primero tiene que dejar de ser lo que es: ese requisito lo cumple transitoriamente la muerte, cuya necesidad moral puede ya apreciarse desde ese punto de vista. (...) Sin embargo, la preocupación de que con la muerte desaparezca todo es comparable a uno que soñando pensara que no había más que sueños sin nadie que soñara. — Después de que con la muerte ha llegado a su fin una conciencia individual, ¿sería siquiera deseable que fuera de nuevo animada para seguir existiendo hasta el infinito? El contenido de esa conciencia no es en su mayor parte, y casi siempre en su totalidad, más que una corriente de pensamientos insignificantes, terrenos y miserables, como también de infinitos cuidados: ¡Dejadlos por fin descansar! — Con un acertado sentido inscribían los antiguos en sus lápidas: securitati perpetuae o bonae quieti». El mundo como Voluntad y Representación; Arthur Schopenhauer.

jueves, 11 de mayo de 2023

Tres cosas que hay que acordarse de quemar este verano: las casas de apuestas, las urgencias de los hospitales y todos los bosques.

martes, 25 de abril de 2023

Hay escritores dificilísimos de citar, porque su genialidad es un bloque de hormigón, un continuo narrativo o reflexivo que no permite la extracción descontextualizada de la agudeza particular, a no ser que uno cite cuatro páginas seguidas y a la cita añada un breve prefacio explicativo. 

Con otros escritores, todavía más difíciles de citar, ocurre justo lo contrario, pues encarnan una paradoja: son tan pródigos en genialidades, tienden tan abiertamente al adagio o a la ocurrencia, al redoble retórico, que su literatura parece más una invitación a lo particular, al descubrimiento y embelesamiento por sus ingeniosidades esparcidas por doquier, que una construcción unitaria y hermética rendida a lo genérico y estructural. Estos escritores ponen difícil la cita porque hay quinientas mil ocurrencias distintas que se pueden citar: y nadie quiere pasarse un año entero citando a Céline.

Céline, precisamente, es el más vivo ejemplo de escritor ocurrentemente genial. Excluyendo los libros de aforismos —Cioran, La Rochefoucauld o Dávila— y algunos diarios, —como ‘El oficio de vivir’, de Cesare Pavese o  el falso diario ‘El libro del desasosiego’ de Pessoa, donde los autores prueban su agudeza hasta el hartazgo, no hay tantos libros tan derrochadores de lucidez y negra jocosidad como en la novela ‘Viaje al fin de la noche’; al punto de que, en sus siguientes novelas, a Céline se le encuentra ya con el cerebro exprimido: su metralleta regurgita las balas, pero ya no las proyecta. En ‘Viaje al fin de la noche’ no hay página sin su perla, y a menudo sin su retahíla de perlas despiadadamente inagotables, y más bien parecen las perlas los hilos conductores entre un suceso y el siguiente, razón por la cual la novela se compone por un elemento, en apariencia, tan aleatorio y absurdo donde el principio de cohesión es incluso poco redondeado.

Este estilo de novela realista donde el aforismo tiene su peso demoledor en la crítica a las costumbres y vicios de la época ya lo utilizaban Stendhal o Balzac, aunque de manera infinitamente más comedida y racional, y muchos otros novelistas franceses que les siguieron, como Proust, Camus o, muy recientemente, Michel Houellebecq; quizá debido a la tradición aforística francesa que desarrollaron sus moralistas —La Brúyere, Chamfort, el marqués de Vauvenargues o el ya mencionado, y mi preferido, La Rochefoucauld—. Beckett, en teatro, y Tzara en poesía, serían acaso comparables en cuanto a la cantidad de disparates por página.

Otros autores muy pródigos en profundas agudezas, como el Conde de Lautreámont en ‘Los cantos de Maldoror’, nacido en Uruguay pero escritor en lengua francesa y que aquí hemos evitado mencionar por tratarse de una poesía en prosa más que de una novela, el japonés Yukio Mishima, el americano Henry Miller —con peores perspicacias— o el ruso Dostoievski —a quien Nabokov no reconoce más mérito que unos pocos pero logrados paisajes humorísticos— son notables ejemplos de la novela de impacto retórico, a pesar de que Céline escribiera la mejor y más perfecta máquina de energía infinita de ocurrencias. Irónicamente, ‘Viaje al fin de la noche’ es tan abundante en sentencias descarnadas que casi podrían citarse sus más de 600 páginas, con la ventaja, por supuesto, de que no haría falta ningún prefacio. ¿Quieres citarle alguna genialidad de ‘Viaje al fin de la noche’ a tu amante? Mejor regálale el libro y que se cite tu amante  las 600 páginas a sí mismo.

Quizá podría desconfiarse de todos estos autores, acusarlos de pirotécnicos y de artificiales, afirmar que recurrían al golpe por ser incapaces de componer sus novelas sofisticadamente, querer ver en sus talentos explosivos una deficiencia tanto del fondo como de la forma. Tamaño desaire parece insostenible, sin embargo, ante los mejores libros de un Mishima o un Dostoievski, autores ambos explosivos y a la vez, sobre todo en el caso del japonés, estructuralmente irreprochables. Céline únicamente llevó el esparcimiento hasta el extremo... «Invocar la propia posteridad es hacer un discurso a los gusanos», escribió.


Céline con un erizo
Louis-Ferdinand Céline.


martes, 21 de marzo de 2023

 Si la mayoría de la gente se muriese siendo aún muy joven, con no más de dos o tres años –cinco como máximo, antes de la edad crucial de la autoconsciencia, cuando la muerte de un infante es ya moralmente inaceptable– se le haría un gran favor a las funerarias.

Juzgado el caso desde la mera rentabilidad, es decir, priorizando el éxito empresarial pero sin olvidarnos ni del desarrollo sostenible ni de la responsabilidad corporativa –etcétera–, lo cierto es que las funerarias verían aumentada su clientela a la par que disminuirían los gastos asociados tanto en madera para ataúdes –el Amazonas nos lo agradecería– como en terrenos, pues en los cementerios cabrían muchísimos más muertos al ser los cadáveres más pequeños y en el espacio liberado podrían plantarse muchos árboles, edificarse ambulatorios o simplemente ser reservados para huertos urbanos. 

En una economía de libre mercado, sin duda que las funerarias le devolverían este favor a la sociedad invirtiendo una gran parte de sus beneficios en promover todo tipo de bondades o para financiar investigaciones médicas, pensiones, subsidios, asilos estrictamente humanizados o  hasta un supermercado cooperativo.

Y dado que las funerarias nos prestan un servicio esencial de incalculable valor, pues gobierne quien gobierne y tengamos el sistema que tengamos la gente seguirá muriéndose, casi podría decirse que son el único ejemplo actual de auténtica ética y necesidad empresarial. Pero con el tiempo, ni siquiera las funerarias serán necesarias, pues gracias a su responsable esfuerzo, a su ardor progresista y liberal, el pueblo, sostenido económicamente a través de ingresos mínimos vitales muy generosos y con la ayuda del exponencial crecimiento tecnológico que permitirá que los robots trabajen por él, recuperará para sí la soberanía individual perdida, enterrando a sus pequeños muertos con sus propias manos y en cementerios extraterrestres diseñados para tal hermoso fin: una nueva mística  nacida de la prosperidad económica universal.


martes, 14 de marzo de 2023

No se puede agitar la sociedad con las máximas de La Rochefoucauld, escribe Cioran. Ni con 'El Capital', habría que añadir, con una fórmula retórica que imita además a las del pensador rumano.

Lo único que consiguió Marx fue vivir, a duras penas, de una filosofía que interpretaba las miserias del mundo cuando lo que él deseaba era cambiarlo. Pero las teorías nunca son revolucionarias salvo por la paralela histórica que trazan respecto a las revoluciones. Creer otra cosa es estar dispuesto a afirmar que una teoría puede por sí misma urdir una revolución: que toda revolución necesita una previa formulación teórica. Marx tan sólo puso terminología al padecimiento que ya agitaba Occidente –que no es precisamente poco. Él mismo comienza así el 'Manifiesto Comunista': con el fantasma que recorre Europa. La clase obrera sufría demencialmente, y agitaba ya sus cuerpos bajo los látigos de sus opresores, ora estremecida, ora sedienta de justicia. Marx no agitó la sociedad, a lo sumo, agitó la bandera de una filosofía: su filosofía. Y a juzgar por el resultado de esa agitación, casi parecería que los revolucionarios hayan derramado su sangre inútilmente, pues la teoría marxista encontró su acomodo definitivo en el aparato burocrático y depredador stalinista. «Toda revolución se evapora y deja atrás sólo el fango de una nueva burocracia» escribió Kafka. Un desposeído es alguien que pone su carne al servicio de la prosperidad de otro. ¿Y acaso los desposeídos han dado pruebas de servir para algo más?

La sociedad, en cualquier caso, nunca se agita, paladea su sufrimiento un instante y luego muere de asco mientras los poderosos siguen reinando y los hombres padecen en cuerpo y en espíritu bajo la servidumbre. El que reine un hombre o reine otro de poco puede importarnos: lo único importante es que al perro solo le quitan el collar el día que se muere.



lunes, 6 de marzo de 2023

Dado que Dios prohibió única y exclusivamente que Adán y Eva comieran de los frutos del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal es de suponer que, de haberse Adán y Eva comido el uno al otro, Dios no se hubiera ofendido ni un ápice.

Es muy difícil sobrevivir al propio pasado. El pasado es un asesino muy eficaz, pues es todo lo que un asesino eficaz debe ser: invisible e irrefutable.

Para un padre su mayor felicidad es ver crecer a sus hijos. Sin embargo, no todos los padres tendrán esa suerte y algunos de sus hijos morirán antes que ellos. Esa felicidad abolida se convertirá entonces en la peor de las pesadillas inimaginables: no sólo muere un ser concreto, un hombre o un niño, sino que con él se esfuma la posibilidad de un tiempo esperanzador mediante el cual el propio padre habría de eternizarse. Los hijos son, antes que herederos, depositarios. 

Para los hijos, en cambio, el afecto que sienten hacia sus padres supone un tipo de amor cualitativamente muy distinto, tan egoísta en lo práctico como ontológicamente desinteresado, pues en el amor de un hijo por sus padres no cabe esa esperanza: él es el responsable de su eternidad, único portador y representante, que tratará de asegurar ya sea mediante la procreación, la gloria o la mística: buscará la trascendencia por cualquier medio a su alcance. 

Por esta razón los padres, a menudo, se sienten tan decepcionados de sus hijos: creen que sus hijos se han distanciado tanto de ellos a través de ciertas particularidades ideológicas o conductuales que su eternidad se ha vuelto incierta: la transferencia es mera formalidad, su emblema, más que desaparecido, se encuentra irónicamente entrecomillado. ¿Es acaso este hijo mío un extraño, no el depositario de mi fe como yo pensaba, sino un traidor, el Leviatán que devora no ya mi corazón, sino mi alma entera y su eternidad?

jueves, 2 de febrero de 2023

¿Se enamoran, graciosillos y petulantes, los gusanos? ¿Puede amar un gusano a otro gusano? ¿Y puede ese otro gusano amar a un gusano diferente del primero, y rechazar a éste como a un ser indigno? ¿Sufren por amor los gusanos rechazados, los seres indignos e indeseables que proliferan en las colonias? ¿Se envanecen los gusanos cuando rechazan a otro gusano? ¿Cuánto se parecen realmente los gusanos a los hombres…?

Difícil saberlo, difícil saberlo, como casi todo en este mundo. Aparte de que ningún hombre se ha enamorado jamás de ningún gusano, y de que ningún gusano se ha enamorado jamás de ningún hombre, aunque copule en su corazón y se reproduzca en sus entrañas, todo lo demás es incierto y misterioso.

Puede morir un optimista, que los gusanos se alimenten de su putrefacción, que uno de esos gusanos sea utilizado como cebo para pescar un pez y que ese pez del que se alimentó el gusano acabe en la tripa de un pesimista. ¡Un optimista puede, sin saberlo, acabar en la tripa de un pesimista! No lo digo yo: lo dice Hamlet.