lunes, 23 de marzo de 2026

 Será el autodesprecio, que ahora padezco sombríamente, como una criatura patética nacida para la exageración, pero me parece que ya solo me queda lamentar —como habría hecho un San Sebastián aún más melodramático— la rácana escasez de flechas y la pobre finitud de los arqueros: deseo un borrado integral de mi imagen bajo la densidad absoluta del ataque.

    Devenido en icono irreconocible, me fundiría en la lluvia hiriente de flechas que me atraviesan, hasta lograr una inversión de la meteorología y ser transformado en una nube de sangre: sin nombre, sin rostro, sin carne —ser solo la huella apoteósica de una entrega absoluta a la disolución: ¿cuánta impostura puesta al servicio de una estética mortífera cabe en el secreto de un dolorcillo, de cualquier dolorcillo, casi tan sobredimensionado como superfluo?—.

    De mí no quedaría más que la saturación abstracta del impacto y, cuando mis fieles —iconoclastas indecisos— quisieran rescatar mi cuerpo de su ruina, no podrían más que espantar esas últimas migajas del ser, como los jirones sanguinolentos de un nirvana dispersándose, roto, borroso e insano.

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