miércoles, 2 de marzo de 2022

NECHÁYEV

De pequeño tenía un perro y un gato, pero un día mi perro mató a mi gato y mi gato dejó ciego a mi perro. Llegamos a casa una madrugada después de haber cenado fuera con unos amigos de la familia y nos encontramos al gato muerto en el vestíbulo de la entrada perseguido por un reguero de sangre y al perro ciego dándose de cabezazos contra la pared, con el rostro canino ensangrentado y todo arañado. Nunca supimos qué podía haber pasado. Habíamos adoptado a ambos casi al mismo tiempo, como cachorros, y jamás se habían peleado. Y no sólo no se habían peleado sino que además eran los mejores amigos. Siempre se buscaban el uno al otro para jugar y cuando se reencontraban después de haberse separado durante algún tiempo ya fuera porque habíamos sacado al perro a pasear o porque habíamos llevado al gato al veterinario siempre acudían a saludarse entre ellos antes de saludarnos a nosotros. Durante largos días estuvimos llorándolos a ambos, primero porque el gato había muerto asesinado por el perro y segundo porque el perro, cegado por el gato, tuvo que ser sacrificado. No tanto por la calidad de vida que le suponíamos a causa de sus heridas sino porque nos sentíamos incapaces de convivir con un asesino. Aquella dulce, simpática y hermosa criatura se había transformado, a nuestros ojos, en un monstruo abominable capaz de matar a otra criatura igual de dulce, simpática y hermosa que él mismo. Era como si la posibilidad de nuestro cariño se hubiera extinguido para siempre. De haber sido el gato el sobreviviente habríamos hecho lo mismo. 

Una mala noche, décadas más tarde, a punto de alcanzar la treintena y a causa de una pesadilla que había sufrido, me acordé de mi perro y de mi gato. Los animales habían dejado de gustarme; podría decirse, incluso, que me causaban si no desagrado, sí mucha desazón. No podía olvidar que una mascota era capaz de matar a otra. No eran seres limpios como había pensado. Tenían sus garras, sus dentaduras, su inquina. Aquel día, cuando descubrí a mi perro ciego y a mi gato muerto, perdí toda perspectiva de luz en mi vida. Una penumbra se cernió sobre mi visión, con su telón de espanto. Comprendí de pronto que la causa definitiva y a la vez primera de todos mis males, de mis torpezas, de mis fracasos, introversiones e indolencias, fue aquel desastre infantil. Amar, sonreír, esperanzarse…, dejaron de tener sentido para mí aquel día. A menudo lamentaba no haber matado yo a mis animales, para cargar únicamente con la culpa y no con la fatalidad de un mundo sin belleza ni moral. De manera que el aniversario de mi treinta cumpleaños lo celebré envenenando al gato de mis vecinos. Me quedé mirando al otro lado de la tapia que separaba nuestras casas cómo el animalillo se retorcía de dolor a causa de la mezcla de matarratas y alprazolam con que había envenenado unos alimentos que le había lanzado. Las benzodiacepinas se las había mezclado para que no sufriera, pero también pensé que era mi obligación moral quedarme mirándolo agonizar hasta que la vida se le esfumase de entre las carnes. No por placer, sino por compromiso: huir de la contemplación de su agonía me parecía cobarde y atroz.

Los años siguientes llegué a envenenar, entre perros y gatos y sólo en mi comunidad autónoma, pues cuando me iba de vacaciones descansaba también de la práctica ética eutanásica que me había impuesto a mí mismo, un centenar de perros y gatos, de los cuales espero que hayan muerto inmediatamente casi todos, aunque no lo puedo confirmar porque no siempre era posible quedarse mirando. Sólo un par de veces tuve que rematar con un palo a dos perros muy grandes con los que me había quedado corto con la dosificación del veneno, ya que no paraban de retorcerse y suspirar. 

Sucedió una madrugada, sin embargo, con la mitad de la treintena ya cumplida, que me encontré a un gato carey  muy sucio, tuerto y enorme, que se negaba a morir. Cada tres o cuatro días lo intentaba envenenar con algún cóctel mortífero o con unos pocos clavos escondidos en salchichas que nunca se comía. Aquel gato era tremendamente desconfiado, jamás dejaba que nadie se le acercase sin erizarse y bufar, ni siquiera otros gatos; no hablemos ya de otros perros, a los que tenía aterrorizados. Era sencillamente imposible matarlo, ni con veneno ni apaleándolo.

El gato carey, al que llamé Necháyev una noche de importuna frustración, nunca comía nada que no pudiera cazar. En el pueblo se le consideraba culpable de diezmar las poblaciones de los diferentes animalillos que habitaban los límites municipales, cuya periferia era rodeada por un pinar al norte y un descampado al sur que cortaba una carretera. Pero en el fondo de aquella culpa pública había también cierta admiración, porque desde que Necháyev había aparecido por el entorno municipal no se habían vuelto a sufrir plagas de ratas o cucarachas.. Se rumoreaba, incluso, o por lo menos algunos testigos, poco creíbles debo decir, lo habían referido, que practicaba el canibalismo, culpándosele de la desaparición de varios gatos domésticos, y que durante la nochevieja del año anterior había entrado a la casa del alcalde, comiéndose al cachorro de bulldog de su hijo y violando a la gata siamesa de su hija, la cual dio a luz a doce gatitos carey que tuvieron que ser sacrificados, ya que nacieron todos con graves deformidades o malvados. Era, en resumen, un monstruo de proporciones abismales. Y aunque el pueblo entero lo temía y los niños se echaban a llorar en cuanto lo veían, a cualquiera que se le hubiera ocurrido exponer públicamente la ocurrencia de asesinarlo se lo hubiera tachado de loco y de miserable, obligándolo a sonrojarse y disculpar sus malas bromas. En cualquier caso, ya en el pueblo se conocía la existencia de un asesino de animales y se tomaban prudencias ridículas a fin de evitar que las mascotas comieran nada de la calle o salieran solos a pasear. Nadie sospechaba que el asesino era yo, a excepción tal vez de Necháyev, cuyo mirar de reojo exhibía un rencor presuntuoso muy obvio y exagerado; no entendía cómo era posible que nadie más se hubiese dado cuenta. Debía matarlo no sólo ya por mi misión eutanásica sino también porque mientras él viviera yo no dejaría de temer que me descubriesen.

Durante semanas esbocé diferentes planes de eutanasia, pero como era tan desconfiado y tan ágil me fue imposible tanto el que me aceptara alguna comida como el lograr acorralarlo. Siempre se me escurría en el último momento. Sólo en una ocasión estuve a punto de acorralarlo, pero me lanzó tal mirada de furia y de desprecio que tuve que retroceder prudentemente a fin de mantener a salvo mi integridad. Era aquella la mirada con la que a mí me gustaría mirar a todos los seres vivos del planeta. Y me preguntaba si fue así la última mirada que se devolvieron mi gato y mi perro antes de arrojarse el uno contra el otro. Todavía la gente en el pueblo me recordaba aquel episodio, que todos conocían y a todos asombraba. ¿Qué pasó con tus animales?, ¿por qué se mataron, si eran tan amigos? Jamás se había visto en el universo conocido que dos criaturas se adorasen más que aquellas. A menudo se lamían el uno al otro hasta quedarse dormidos, ambos, a los pies de mi cama, donde yo solía demorar el sueño para seguir contemplando su enorme ternura y amistad sin fisuras. Finalmente, vencido por el cansancio, hasta en mis sueños continuaban adorándose y queriéndose, cuidando el uno del otro. Todavía algunas noches sueño con mi gato y con perro, pero ya no queriéndose, sino arrancándose mutuamente diferentes extremidades, una oreja, las patas, el hocico… 

Si en un universo predefinido y previsible se puede hablar de milagros entonces habrá que reconocer que lo que ocurrió la misma noche en que cumplía treinta y siete años fue un milagro. Yo solía dejar la cancela del jardín abierta y, como aquella noche, a pesar de ser octubre, hacía mucho calor, también había dejado abierta la ventana. En persecución de alguna criatura, que a mí me pareció un pequeño mirlo malherido, el gato Necháyev se había colado en mi casa y arrinconado al avecilla en la biblioteca,  bajo el escritorio, donde se arrojó sobre ella para poseerla con su cuerpo entero, la enterró entre sus dientes y la asfixió en un suspiro. Trastornado por los ruidos, rugidos, chillidos, cantos de auxilio y golpes en los muebles acudí corriendo al cuarto, alzando un martillo sobre la cabeza, pensando que se trataría de un intruso humano. Al encender la luz el ojo verde y agresivo de Necháyev resplandeció enorme y como poseído. Su cuerpo, erizado, apuntaba como una flecha en mi dirección. Dejó caer su pieza, en beneficio, imaginé, de una pieza mayor, sacó las uñas y saltó contra mi cara, esquivando al vuelo el golpe de martilló que le lancé y clavándolas en mis ojos, unas directamente en la pupila del ojo izquierdo, rasgándola como una cortina, y otras en la bolsa del párpado inferior del ojo derecho. Logré, con el mango del martillo contra su cuerpo, sacármelo de encima, y en su siguiente embestida no fallé el golpe y lo lancé contra una estantería, cuyos tomos le cayeron encima.  Sin fuerzas más que para huir, salí del cuarto y cerré la puerta tras de mí, encerrándolo dentro. En las urgencias me hicieron varias preguntas que no supe responder. Había perdido un ojo y por poco no pierdo los dos. 

Necháyev seguía encerrado en la biblioteca cuando llegué. Lo vigilé desde la ventana que daba al patio interior. Descansaba relajadamente en una esquina del cuarto desde la que apenas podía observarle. Se había comido las alas del mirlo. Me pareció increíblemente inteligente por su parte. Sabía que probablemente estuviese mucho tiempo encerrado y fraccionaba su alimento. Sus dotes de supervivencia me maravillaban. Todo en aquel monstruo presuntuoso era admirable o no tenía sentido.

El mirlo le duró toda una semana. Cuando acabó con la carne lamió los restos entre los huesos. Al final de la siguiente semana comencé a arrojarle pienso. Abría la puerta apenas unos centímetros, con un cuchillo en una mano y el pienso en la otra. También mojaba con agua el suelo por si quería lamer los charcos, ya que me daba miedo abrir la puerta lo suficiente para introducir un cuenco de agua. Era notablemente inseguro abrir la puerta lo suficiente para que Necháyev pudiera asomarse a través de ella. Aunque pareciera relajado y lejano ya había visto cómo apenas necesitaba una mínima fracción de segundo para lanzarse al ataque y un instante arrancarte los ojos. Pero se negaba a comer y a beber lo que le ofrecía. Casi un mes más tarde, Necháyev aparentaba una fragilidad moribunda insospechable. No había comido ni bebido nada desde que terminó de rebañar los huesos de su última presa. A fin de salvar su vida, o si se quiere, retenerlo como rehén, tuve la idea de comprarle animalillos vivos o capturarlos yo mismo, echárselos en el cuarto y dejar que él los cace. Y a pesar de su primera disposición a ignorar a aquellas presas que le ofrecía, el hambre venció su orgullo y tentó su dignidad, lanzándose torpemente feroz contra un hámster que le había comprado. Por mi parte, nunca más volví a matar a ningún animal, si no se considera que aquellas ofrendas podían considerarse como un asesinato cómplice.

Necháyev vivió todavía ocho años más. Jamás salió de aquel cuarto. Sabía que, en el momento en  que me apiadase y lo liberase, se arrojaría contra mí para arrancarme el otro ojo. Un monstruo no perdona, y menos todavía un monstruo tan rencoroso como aquel. Lo encontré muerto una cálida tarde de septiembre. Hacía una semana que no hacía ningún movimiento y las presas con que lo agasajaba comenzaban a acumularse a su alrededor. Pensaba que sería algún tipo de truco, pues ya se había fingido muerto otras veces. El cuarto apestaba, no sólo por los restos inmundos acumulados, que limpiaba de vez en cuando muy prudentemente introduciendo un pequeño rastrillo y tirando hacia la superficie toda la podredumbre que conseguía atrapar, sino que el hedor parecía ser expelido de su propia derrota. Un cadáver vencido huele peor que un cadáver triunfal, me sonreí pensando. También los animalillos devorados huelen peor que los animalillos privilegiados con una muerte dulce. Aquello me pareció repentinamente muy obvio y me acosté pensando en el hedor que desprenderían mi perro y mi gato cuando se mataron el uno al otro. Era incapaz de recordarlo, además, sólo el gato estaba muerto y no había pasado el tiempo suficiente para que su cadáver comenzara a pudrirse. Necháyev desprendía un hedor espantoso, un hedor nauseabundo que me provocó vómitos durante lo que restaba de año. 

Enterré su cadáver en el jardín, dentro de una bolsa hermética. Pensé en arrojarlo al monte, pero temía que lo encontrasen. Después de ocho años sin aparecer hubiese sido muy sospechoso que alguien del pueblo lo encontrase muerto. Ningún vecino se explicaba qué podría haber ocurrido con el gato. Se decía que, harto de las mismas presas, se habría ido al pueblo de al lado, a cazar animales más grandes o por lo menos distintos. Una vez, durante una de estas conversaciones, se me escapó decir que no es lo mismo una presa cazada que una presa vencida. Nadie, y tal vez ni yo mismo, entendió aquel inciso. Cuando tenía invitados en casa, solían hablar de lo mal que olían las flores del jardín. Todos en el pueblo lo comentaban. Son hermosas, decían, las flores que cultivas, pero huelen terriblemente mal. Yo cambiaba el tema de conversación hablando de mi perro y de mi gato. ¿Os he contado alguna vez que mi perro y mi gato se mataron el uno al otro…?


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